lunes, 26 de septiembre de 2016

"...Polvo serán, mas polvo enamorado"

"Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevaré el blanco día;
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa:

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado"
Quevedo; siempre que se nos viene a la memoria el nombre de don Francisco de Quevedo pensamos en esa poesía a veces llena de mala leche no porque fuera contra alguien (de eso Góngora, su acérrimo enemigo, sabe micho), sino por la claridad con la que decía las cosas. Más allá de un tipo que defendía el conceptismo a capa y espada, estamos ante un hombre que comprendía el Amor no como algo pasajero, ni como algo que se circunscribiese a la propia vida. 


Mientras Garcilaso nos decía que se moría de amor o Lope nos hacía una definición maravillosa de lo que éste era, don Francisco fue un poco más allá. No nos hablaba del concepto del Amor, ni de que éste pueda ser la única razón para morir. No. Quevedo nos dice que el Amor, el verdadero Amor, trasciende la propia muerte. Éste no termina con la muerte, sino que vive más allá de la propia vida. 


Quevedo, el eterno Quevedo, considera que el Amor, el auténtico Amor, va más allá de la vida porque aún cuando el cuerpo halla ardido, aunque todo el mismo sea ceniza, aunque sean ya sólo el polvo, el vestigio de lo que en algún momento fue persona, aún con eso, serán una cosa... "polvo serán, mas polvo enamorado".

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